La ketamina, la ‘droga de las raves’, último recurso contra la depresión

Puede anestesiar y aliviar el dolor, pero también sabe animar una fiesta. Su poder disociativo le ha proporcionado defensores en los laboratorios, amigos en las pistas de baile y enemigos que han intentado poner límites a su uso. La ketamina -mucho más que anestesia para caballos, como se conoce en la calle- es una sustancia que los médicos usan desde la década de los 60. Aunque aún no está tipificada oficialmente como antidepresivo, algunos psiquiatras apuestan por ella para tratar la depresión severa y frenar las pulsiones suicidas. La droga de las raves sería el último recurso para aquellos que han ido saltando de terapia en terapia (incluida la electroconvulsiva) y nada les ha funcionado.

La carrera en psiquiatría de la ketamina se ha ido asentando en varios estudios y en las más de 100 clínicas privadas en Estados Unidos que la utilizan como antidepresivo. De momento, su uso es off label (no está contemplado en las especificaciones que el ente regulatorio del gobierno atribuye a la ketamina). Pero eso puede cambiar a finales de 2017: la compañía farmacéutica Johnson & Johnson está a un paso de lanzar al mercado el primer antidepresivo derivado de la ketamina. En Europa, de momento, su uso psiquiátrico se restringe a investigación.

Si los antidepresivos normales necesitan al menos dos o tres semanas para que hagan efecto, con la ketamina puede ser cuestión de horas. Algunos pacientes de Rupert McShane, doctor de la Universidad de Oxford, afirman que el tratamiento «les ha salvado la vida». Pero la ketamina no es para todo el mundo. «De 101 pacientes con depresión severa, 42 respondieron positivamente», cuenta McShane, que acaba de publicar los resultados de su último estudio. En otras investigaciones, el porcentaje es superior. Pese a que los números no son redondos, este especialista destaca su potencial.

La ketamina es capaz de disipar los pensamientos suicidas en tiempo récord. Con una sola inyección, ralentiza los mensajes negativos que las personas que sufren depresión severa se repiten en bucle. El psiquiatra Carlos Zárate, del Instituto Nacional de Salud Mental estadounidense y uno de los precursores en este campo, recuerda algunas experiencias de sus pacientes que parecen ciencia ficción: «Personas que han estado en cama, que rechazaban socializar, al día siguiente de la toma quieren comer y relacionarse». Gente que de repente no sólo es capaz de lidiar con su depresión, sino también con su vida.

Pero la ketamina, como alerta McShane, «no es milagrosa». Alucinaciones, sentir que la mente se desentiende del cuerpo o problemas urinarios son algunos posibles efectos secundarios que preocupan a la comunidad científica.

Algunos de estos efectos no sólo han interesado a los médicos. Desde hace años, también se han explorado, aunque sin base científica, en la calle. Antonio experimentó con la ketamina por su cuenta en Bristol, la ciudad inglesa que vivió «una luna de miel con esta droga». A este treintañero es la única que le interesa: «Te libera de todo, incluso de tu cuerpo». Es el colofón del viaje: el K-hole, la experiencia en la que la mente se desentiende de la realidad; un viaje astral por la vía química, sin meditación de por medio. Pero la ketamina también tiene su lado más terrenal. En dosis bajas, «es una sustancia más del menú psicoactivo», explica Claudio Vidal, del colectivo Energy Control.

En España, la ketamina está catalogada como droga emergente, aunque no es novedad. Aterrizó en la década de los 90, pero no fue hasta 2010 cuando se empezó a perseguir el tráfico. «El uso indebido de ketamina es cada vez mayor en los países de Europa, en particular en España y Reino Unido», advirtió entonces la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes. «En los últimos cinco años su consumo se ha estabilizado y es minoritario», apunta Vidal. «Lo que preocupa ahora es su adulteración con sustancias de efectos desconocidos». Este año el Observatorio Español de la Droga y las Toxicomanías vigilará de cerca a la metoxetamina, una sustancia no aprobada para consumo humano y que se hace pasar por ketamina.

ESTIGMA. Pese a que la ketamina manchó su reputación por irse de fiesta, desde hace una década algunos psiquiatras tratan de combatir su estigma, que provocó que China intentara en 2015 y en la ONU restringir su disponibilidad… sin éxito. La ketamina es el único anestésico para cirugías esenciales en muchas zonas rurales de países en desarrollo, donde viven más de 2.000 millones de personas, según la Organización Mundial de la Salud. «Una de las consecuencias de colocar sustancias en estas listas de fiscalización es que se dificulta su investigación», dice Vidal.

Salvado ese obstáculo, y consciente de que su trabajo se mira con lupa, la comunidad médica busca despejar interrogantes: «No hay un consenso sobre la dosis ideal para su uso terapéutico», cuenta McShane. Los más escépticos con la ketamina, y también los propios investigadores, destacan que aunque su efecto es rápido, desaparece en una semana. «La única manera que hemos encontrado de momento es administrar ketamina repetidamente», explica McShane.

Para reducir su posible respuesta adictiva y sus riesgos, los laboratorios juegan con las moléculas de la ketamina. Los especialistas piden que se cree un registro internacional para compartir experiencias y establecer protocolos. «Es imprescindible monitorear su uso y estandarizar el tratamiento para todas las clínicas, que deben estar especializadas en depresiones resistentes», explica Zárate. «Hace falta capacitación para administrar ketamina».

Su popularidad como antidepresivo crece con rapidez. «Hay demanda para que se desarrolle lo más rápido posible», dice McShane. «La gente sabe ya que la ketamina funciona. Si no la encuentran en el médico, algunos empezarán a automedicarse. Hemos visto casos así y se han metido en serios problemas».

Los daños urinarios también se asocian con la ketamina. No tanto entre los pacientes de McShane (un posible caso de los 101, que recibieron dosis controladas), sino entre quienes la usan como droga en grandes cantidades y a menudo. Los propios consumidores pusieron nombre a esos problemas: vejiga de Bristol, en honor a la ciudad. «Tengo colegas con vejiga artificial. Algunos tienen ardores en el pene, sangre en la orina e incontinencia», detalla Duncan, un británico que ha sido adicto y ha pasado página.

Los científicos siguen investigando para poder reducir los efectos adversos del prospecto que acompaña a todo fármaco. Pero no es la principal preocupación de muchas de las personas que atienden. «Los pacientes cuentan que sus efectos adversos no son significativos», concluye Zárate. «Sufren mucho más por la depresión».

 

Origen: ELMUNDO

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