La EMA, un fracaso colectivo

La decisión final de la Unión ­Europea sobre la nueva sede de
la Agencia del Medicamento (EMA) significa una gran oportunidad perdida, y es el símbolo de un fracaso. Ahora, una vez se ha enfriado la polémica sobre las causas, hay que reflexionar.

Es evidente que la lógica del referéndum unilateral, y sobre todo la construcción de una pretendida legalidad paralela a la del Estado, la negativa a reconocer la auto­ridad del Tribunal Constitucional, la ley de desconexión, el tigre de papel de las estructuras de Estado, hasta la declaración unilateral de independencia, suspendida al cabo de 8 segundos, pero seguida poco después por la proclamación de la república, dibujaban una Catalunya conflictiva y, sobre todo, marcada por la incertidumbre que el espectacular traslado de sedes sociales y fis­cales de más de 2.000 empresas, entre ellas las 40 mayores, acentuó. Actuaron como si todo lo que hacían no tuviera repercusiones. Fue un grave error.

Si la tesis del referéndum unilateral hubiera triunfado, se habría dado la paradoja de localizar la sede de la EMA en un país que quedaría fuera de la Unión Europea por un tiempo indeterminado. Era un absurdo o una desautorización de las propias autoridades comunitarias, que reiteraban que independencia es igual a la exclusión de la Unión. Las declaraciones bruselenses de Puigdemont y su entorno contra la UE tampoco han sido una buena carta de presentación. Han alimentado una hoguera donde todo sirve para quemar, incluso la propia casa. Y es que ha imperado la cultura de la desvinculación en toda su plenitud: la que hace de la pasión del deseo la única autoridad.

(Llibert Teixidó)

Querían que España se comportara como el Reino Unido, y que Catalunya fuera como Dinamarca. En lugar de asumir las cosas tal como son, inventaban la realidad. El choque ha sido fortísimo, y la Agencia Europea del Medicamento ha sido uno de los muros con el que nos hemos tropezado.

Pero obviamente las causas no son unívocas. El Gobierno español tiene una parte importante de responsabilidad, empezando por la más decisiva. España, desde Zapatero –y el Gobierno Rajoy ha profundizado la carencia–, tiene un peso de país de segundo orden en la Unión. Ha perdido posiciones y se muestra incapaz de recuperarlas, como lo constata la imposibilidad de situar al ministro Guindos al frente del Eurogrupo, sustituyendo al actual pre­sidente Jeroen Dijsselbloem, holandés ­como la nueva sede de la EMA. Si no se ­tiene peso en Europa, sus candidatos –en todo– son débiles. Para la actual política española, Europa es un hecho secundario y, para colmo, los partidos del procés sufren una fuerte deriva antieuropea.

Es posible que la dureza de la respuesta policial del 1-O haya desempeñado algún papel, pero lo dudo, si no se liga con la ­dinámica de incidencias del p. Intervenciones excesivas de la policía no son una exclusiva española. Francia, Alemania, Italia, incluso Catalunya han sobresalido en apalear a ciudadanos por causas diversas, a menudo menos amenazadoras que la ligada a una acción separatista. Miremos al entorno. Según Amnistía Internacional, Francia vive en un estado de excepción desde diciembre del 2015, que hace posible por ejemplo la detención domiciliaria de sospechosos, por simple decisión de la autoridad gubernativa. España y el Gobierno del PP ven a Catalunya como un fastidio obligado, cierto, pero a la vez es un Estado que ocupa el lugar 24 sobre 121 países en calidad democrática, y alcanza una valoración superior a 8 en una escala del 1 al 10. Eso también forma parte de la rea­lidad. Lo que necesitamos es una España europea, y no una Catalunya anti.

Y llegamos al tercer sujeto. La candidatura de Barcelona. Cierto que es una ciudad potente, pero más como fruto del pasado que del presente. Ahora ya es evidente que se creían o querían hacer creer que teníamos un potencial superior a la realidad. Si no lo asumimos de una vez por todas, nos pasará por ­encima. Tenemos déficits importantes en enseñanza, dominio del inglés, grandes ­infraestructuras. Incluso, y en contra de lo que se ha dicho, Barcelona no era la ciudad preferida por los traba­jadores de la Agencia, sino que lo era la ganadora. La ciudad no tiene un proyecto cultural, ni turístico, ni un modelo económico. El modelo social que Colau pretendía definir como alternativa al modelo de grandes ope­raciones urbanísticas es un modesto saco de recortes mal ordenados. Mientras, la vida cotidiana es cada vez más incómoda excepto si eres okupa o vas en bici.

Todo fracaso es un estímulo, y así hay que mirarlo. Ahora hay que sacar provecho de lo que ha sucedido, y las elecciones tendrían que servir sobre todo para hacer esta tarea de cara al pueblo. Proponed soluciones. Revisad con el máximo de rigor e información qué ha fallado, verificad los puntos fuertes, que quizás no lo son tanto como algunos creéis. Identificad los puntos débiles y definid cómo superarlos. Eso forma parte de las artes de gobernar. La pelea y la descalificación no son hacer política, aunque demasiados lo confundan.

Origen: La EMA, un fracaso colectivo

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