El zar antidrogas de Trump, atrapado en un escándalo de opioides

fsendra40447535 droga usa171019173927

Tom Marino, a la izquierda de Trump, de espaldas. / AP / MATT ROURKE

La ley era aparentemente tan inocua y bienintencionada que el Congreso la aprobó por unanimidad, y Barack Obama la firmó poco después sin dilación ni objeciones. Fue en abril del 2016, en pleno apogeo de la epidemia de analgésicos opioides y heroína que ha desatado la mayor crisis de drogodependencia en la historia moderna de Estados Unidos, un drama con más de 200.000 muertos en los últimos 17 años. Pero aquella norma supuestamente concebida para que los pacientes con dolores crónicos recibieran su medicación sin contratiempos tenía trampa. Su propósito no era otro que maniatar a la agencia antidrogas (DEA) en sus esfuerzos para perseguir a las distribuidoras sospechosas de abastecer a los médicos y farmacias sin escrúpulos que alimentan el mercado negro de pastillas opioides con el único fin de engordar sus cuentas bancarias.

Las maniobras de pasillo de la industria farmacéutica, con su ejército de lobistas y sus donaciones millonarias a las campañas de los políticos, fueron esenciales para que la ley fuera aprobada. Pero la industria no actuó sola, como ha demostrado una explosiva investigación conjunta de ‘The Washington Post‘ y ‘60 Minutes’, el programa de reportajes de la CBS. Contó con la colaboración indispensable de varios congresistas, que se encargaron de promover la ley y doblegar la resistencia inicial de la DEA y el Departamento de Justicia. Al frente de la campaña estuvo el congresista republicano por Pensilvania Tom Marino, el hombre elegido en septiembre por el presidente Donald Trump para ser su zar antidroga, el futuro director de la Oficina Nacional de Control de Drogas.

Marino tuvo que renunciar el martes al cargo tras destaparse el escándalo y airearse que recibió 92.000 dólares de la industria farmacéutica desde el 2013. No fue el único. Los 23 congresistas que apadrinaron las cuatro versiones de la ley, incluida su formulación final, recibieron en el mismo período 1,5 millones de dólares. Entre ellos está también el senador Orrin Hatch, asimismo republicano, el hombre que negoció la versión final del texto, quien se embolsó 177.000 dólares de Big Pharma. El escándalo ha estallado en vísperas de que Trump declare la semana que viene la emergencia nacional por la crisis de los opioides y la heroína, como anunció que haría, si bien no sería la primera vez que aplazara la decisión.

Industria fuera de control

“Esta industria está fuera de control. Si no cumplen con la ley que regula la distribución de medicamentos, y los fármacos se desvían para fines ilícitos, la gente muere. Es así de sencillo”, ha asegurado Joseph Rannazzisi, quien fuera responsable al frente de la DEA de prevenir el desvío de fármacos opioides al mercado negro. Rannazzisi fue destituido en el 2015, después de que el recién nombrado director de la agencia forzara su salida en un intento por mejorar las relaciones entre la DEA y la industria farmacéutica.

Una heroinómana en una calle del South Bronx, en Nueva York. / AFP / SPENCER PLATT

La nueva ley supuso la victoria final de la industria y su codicia sobre los esfuerzos de las autoridades para prevenir la venta ilícita de hidrocodona y oxicodona, los genéricos responsables de la espiral de adicción que hace estragos en el país y que es para muchos el primer paso antes de caer en las fauces de la heroína y el fentanilo. Hasta entonces, los agentes de la DEA podían requisar los envíos sospechosos de las distribuidoras a clínicas y farmacias cuando determinaban un “peligro inminente” para la comunidad.

Colas y trajín

Es el caso, por ejemplo, de una clínica del dolor en Kermit, un pueblo de 400 habitantes de Virginia Occidental. Durante dos años, recibió nada menos que nueve millones de pastillas de hidrocodona. Las colas y el trajín frente a sus puertas eran constantes. Más que una clínica era un supermercado ilícito de drogas. Pero la nueva ley redujo los márgenes de actuación de la DEA, al obligarle a demostrar como condición previa a las redadas de sus agentes que las acciones de la distribuidora representan “una probabilidad sustancial de peligro inminente”, un supuesto casi imposible de demostrar.

El golpe llevaba años gestándose como reacción a los esfuerzos de la DEA para apretarles las tuercas a las farmacéuticas. Inicialmente el trabajo de los 600 agentes de la división que dirigía Rannazzisi se centró en los médicos corruptos que escribían recetas fraudulentas y en las farmacias online que los vendían a granel sin necesidad de prescripción médica. Pero aquello equivalía a perseguir a camellos de poca monta en las esquinas. Fue entonces cuando la DEA decidió ir a por los peces gordos, las distribuidoras farmacéuticas, un sector que dominan tres grandes multinacionales: Cardinal HealthMcKesson AmerisourceBergen.

Colmillos limados

Sus investigaciones se tradujeron en multas millonarias a finales de los 2000, pero poco a poco la industria, con el apoyo de sus aliados en el Congreso, untados con 102 millones de dólares en donaciones de campaña entre el 2014 y el 2016, fue limando los colmillos de la agencia. En parte, lo consiguieron fichando a los más brillantes juristas y agentes de la DEA y el Departamento de Justicia. Desde el año 2000, 56 de sus funcionarios cambiaron de bando para trabajar al servicio de las farmacéuticas y sus distribuidoras. La suerte estaba echada. “Todo lo que buscábamos es que estas compañías pusieran su buena voluntad para hacer lo correcto”, dijo Jim Geldhof, un agente de la DEA que se retiró en el 2015. “Pero la codicia siempre se impuso al cumplimiento de la ley. Una y otra vez. Solo les importaba el dinero”.

La antesala de la heroína

Puede que muchos estadounidenses hayan olvidado los truculentos años 70, cuando la heroína se instaló en las calles de sus grandes ciudades propulsada por los soldados que regresaban de la guerra de Vietnam, donde se convirtió en un pasatiempo para adormecer la ansiedad y el trauma. Pero el país no se ha vuelto loco. La actual epidemia de opioides y heroína, que mata cada año a más estadounidenses que los accidentes de tráfico o las armas de fuego, tiene sus orígenes en la consulta del doctor. En un cambio de planteamiento de la profesión hacia el tratamiento del dolor, que dio pie a la prescripción masiva de fármacos opioides como el OxyContin o el Percocet para toda clase de afecciones crónicas, desde los dolores lumbares, a las migrañas o la artritis. Hasta entonces los opioides se habían reservado principalmente para paliar el sufrimiento de los enfermos terminales.

Durante años se vendió que los riesgos de adicción eran mínimos, casi inexistentes; fue el resultado de las agresivas campañas de las farmacéuticas, de estudios tergiversados y de la asombrosa influencia de una camarilla de especialistas que revolucionaron el tratamiento del dolor. Esa fantasía empieza a superarse, aunque la factura de aquel despropósito sigue destrozando familias y comunidades. Cuatro de cada cinco usuarios de heroína se engancharon antes a los analgésicos opioides, recetados a estudiantes y a embarazadas, a obreros y a profesionales liberales sin distinción.

En el 2011 empezó a caer el número de fármacos prescritos, tras haberse cuadriplicado durante la década anterior, pero aun así la cifra no tiene parangón en ningún otro país del mundo. Los médicos estadounidenses firmaron el año pasado 236 millones de recetas de opioides, lo que equivale a un bote de pastillas para cada uno de los adultos estadounidenses.

Origen: El zar antidrogas de Trump, atrapado en un escándalo de opioides

Deja un comentario