Trump, México y el futuro del NAFTA

Por: Felipe de la Balze

La administración del presidente Trump considera que los tratados de libre comercio firmados durante las últimas décadas han sido en general desfavorables para los intereses de los Estados Unidos, y anunció su intención de renegociarlos.

Los síntomas visibles del problema serían los déficits comerciales bilaterales, la reducción del empleo industrial –que se redujo del 50% durante las últimas dos décadas- y las masivas inversiones de las empresas estadounidense en países competidores (China, Corea del Sur, Japón y México).

Quizás el más importante de los acuerdos comerciales sea el NAFTA, firmado por Canadá, México y los Estados Unidos en 1994. Dicho acuerdo modificó en profundidad los parámetros históricos de la relación entre los Estados Unidos y México.

Durante buena parte del siglo XX, la relación entre ambas naciones fue tensa y distante. Las pérdidas territoriales que sufrió México en beneficio de los Estados Unidos durante el siglo XIX, la ocupación militar de Veracruz en 1914 y la expedición contra Pancho Villa en 1916, generaron un sentimiento anti-estadounidense visceral en amplios sectores de la sociedad mexicana.

Por otro lado, la nacionalización por el presidente Lázaro Cárdenas de empresas petroleras estadounidenses en 1938, limito durante varias décadas el interés de las empresas norteamericanas por invertir en México, a pesar de las oportunidades que dicho país ofrecía.

El lanzamiento del NAFTA en 1994 modificó de cuajo la relación bilateral en el campo diplomático y económico. Los Estados Unidos sostuvieron la economía mejicana durante la crisis del “Tequila” (1995) y luego promovieron el ingreso de México a la OCDE, al “Grupo de los 20” y como miembro rotativo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

El comercio bilateral entre los dos países se multiplicó más de diez veces en los últimos veinte años y alcanza en la actualidad los US$ 500.000 millones. Para Estados Unidos, México es el segundo cliente comercial más importante.

México, por su parte, concentra el 80% de sus exportaciones en el mercado estadounidense y tiene un superávit comercial bilateral de US$60.000 millones. Además, es un destino privilegiado del turismo norteamericano.

Lo más relevante de la relación bilateral es el comercio intra-industrial en el marco de cadenas de valor regionales donde empresas en ambos países participan del proceso de producción. La integración productiva es particularmente evidente en las industrias del automóvil, la electrónica, la maquinaria eléctrica y la farmacéutica.

Más de dos terceras partes de las importaciones estadounidenses de México (US$ 138.000 millones en el 2015) son insumos que se incorporan a la producción estadounidense. En el caso de los automóviles, que son la principal exportación de México, se estima que del valor agregado total, 36% es de origen mexicano, 38% de origen USA y el resto (26%) es suministrado por proveedores extra regionales.

También es obvio, aunque raramente se menciona, que la estabilidad económica y política de México es prioritaria para la seguridad de los Estados Unidos. El narcotráfico, la inmigración ilegal y la criminalidad organizada son temas candentes de la relación bilateral que se verían severamente agravados en un contexto de crisis.

Por ello, la negociación que se inicia entre los Estados Unidos y México será difícil y compleja pero la sangre no llegara al río y se alcanzará un acuerdo aceptable para ambas partes que incluirá los siguientes elementos: En materia comercial se incrementará el valor agregado regional mínimo requerido para que un producto reciba los beneficios del libre comercio regional (“reglas de origen”). Así, México y los Estados Unidos podrán incrementar su participación en la cadena de valor y atraer más inversiones a su sector manufacturero, en detrimento de los proveedores extra regionales, mayoritariamente asiáticos.

A pedido de los Estados Unidos, también se incluirá una “cláusula de salvaguardia” transitoria para responder ante incrementos masivos de las importaciones. Se incluirá el comercio electrónico (que no existía cuando se negoció el NAFTA) y se facilitará la participación de empresas contratistas en las licitaciones de las obras publicas del otro país.

Los acuerdos ya incorporados al NAFTA sobre condiciones “laborales” y “ambientales” serán reforzados para impedir que empresas de los Estados Unidos se relocalicen en México para beneficiarse de los menores costos generados por reglamentaciones más laxas en estas materias Finalmente, la administración Trump quiere profundizar el proceso de liberalización y desregulación petrolera que México inició en el 2014. Se trata de acelerar el ingreso de los capitales extranjeros, modernizar la empresa estatal (Pemex) y revertir la dramática caída en sus niveles de producción (de 3.4 millones de barriles diarios en 2004 a solo 1.9 millones en el 2016). También se prevé la construcción de gaseoductos transfronterizos para exportar los excedentes de gas natural tejano a México.

El objetivo estratégico es integrar el mercado energético norteamericano y reducir la actual dependencia estadounidense del petróleo del Medio Oriente.

Felipe de la Balze es académico y analista internacional

Origen: Trump, México y el futuro del NAFTA

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