Filosofía de la tecnología para médicos: la “megamáquina” de Lewis Mumford

Por: Abel Novoa

Lewis Mumford es considerado el “último humanista del siglo XX” y un filósofo del urbanismo y la tecnología de primer orden. Abogaba por la separación entre tecnologías “democráticas”, que son aquellas que están acordes con la naturaleza humana, y tecnologías “autoritarias”, en pugna, a veces violentamente, contra los valores humanos. Defendía la búsqueda de una tecnología elaborada sobre los patrones de la vida humana.

En el magnífico recopilatorio “Filosofía y tecnología” editado por Carl Mircham y Robert Mackey, hay un texto corto suyo que es una maravilla, “La técnica y la naturaleza del hombre”, donde explica como las tecnologías más importantes que el ser humano ha creado no proceden de la racionalidad cientifico-técnica, sino del desarrollo de la capacidad de relacionarnos cada vez más humanamente. Me ha parecido una reflexión epistemológica esencial para el médico.

Mumford comienza el texto denunciando la sobrevaloración de la tecnología y como su omnipresencia ha impedido una reflexión profunda sobre la verdadera naturaleza del ser humano y de la propia tecnología. Esta sobrevaloración tiene que ver con las teorías que otorgan a la utilización de herramientas el hecho distintivo que permitió la evolución de la inteligencia humana.

De hecho, para Mumford, el ser humano se ha mostrado en su desempeño técnico, mucho más torpe, durante milenios, que muchas otras especies animales capaces de hacer presas en ríos, redes de madrigueras o nidos de una sofisticación inalcanzable para el ser humano. No fue, por tanto, la tecnología por sí misma la que hizo avanzar la inteligencia humana sino la culturización de la tecnología, es decir, su modificación por símbolos linguísticos, la organización social y el diseño estético.

“En un principio, la raza humana no adquirió ninguna posición especial en razón, únicamente, de su tendencia a emplear o a construir herramientas. O más bien, que el hombre poseía una herramienta primaria multiuso que era más importante que ningún otro elemento del utillaje posterior: a saber, su propio cuerpo, activado por la mente, cada parte de él, no solo aquellas actividades sensoromotoras que producían hachas o lanzas de madera”

¿Qué significa esto?

Las herramientas -o las tecnologías- por sí mismas no son nada sin una inteligencia capaz de culturizarlas, es decir, de ponerlas al servicio de la vida, un ámbito mucho más amplio que los meros objetivos utilitaristas:

“Este ámbito más amplio, abarcaba mucho más que la disciplina de la mano, el músculo y el ojo, en la construcción y utilización de herramientas… Ni siquiera la mano era ya una mera herramienta callosa de trabajo; acariciaba el cuerpo del amante, sujetaba a un bebe cerca del pecho, hacía gestos importantes o expresaba, en la danza ordenada o en rituales compartidos, algún sentimiento, inexpresable de otra forma, sobre la vida o la muerte, o sobre un pasado recordado o un futuro inquietante.”

Lo que dice Mumford es que las tecnologías o las herramietas (como las manos) dejan de ser meros instrumentos cuando son utilizadas por un ser humano:

“La técnica de las herramientas y nuestra técnica de máquinas subsiguiente no son sino fragmentos especializados de la biotécnica: y por biotécnica se entiende todo el equipamiento del hombre para la vida”

Aquí comienza a resonarme la práctica de la medicina: una biotécnica en sí misma, una actividad que pretende mejorar el equipamiento de otros seres humanos para la vida y no, como hoy parece, solo un medio para activar tecnologías. El médico y la relación clínica son biotécnicas.

Habla Mumford de como la exactitud mecánica de las primeras herramientas fue precedida de la exactitud ritual en las ceremonias, canciones y danzas, con un acabado más exquisito que el de cualquiera de éllas.

¿No es la medicina clínica un ritual, una ceremonia, perfeccionada durante siglos, no solo a través de una liturgia específica sino mediante la asignación de unos roles y expectativas muy determinados?

¿Cómo hemos llegado a minusvalorar tan tremendamente la principal tecnología a nuestro alcance cambiándola por “fragmentos especializados” como los medicamentos o las tecnologías sanitarias?:

“El hombre es preeminentemente una animal que utiliza la mente, construye símbolos y tiene autodominio; y el locus principal de todas sus actividades yace en su propio organismo… desde el comienzo, la base del desarrollo ulterior del homo sapiens no se debió tanto a la creación de herramientas más efectivas cuanto a la creación de modos significativos de expresión simbólica”

El problema es que el tremendo desarrollo de la tecnología y la ciencia ha conseguido disociarlas “del todo cultural más grande”. La tecnología ha perdido su vínculo con lo humano:

“Incluso en el estadio más primitivo, la caza requería menos de herramientas que de observación atenta de los hábitos de los animales y de sus hábitats” 

Hasta nuestra época, la tecnología era un mero apoyo a la “totalidad del hombre en su relación con cada parte del medio”. Su función: ayudarle a“utilizar todas sus aptitudes para aprovechar al máximo sus potenciales biológicos, ecológicos y psicosociales”.

Y continua:

“La técnica primitiva estaba centrada en la vida; no estaba centrada en el trabajo de manera restringida y, aun menos, en la producción o el poder” 

¿No era así también en medicina? ¿No era la tecnología un mero apoyo que pretendía reforzar el potencial sanador de una relación ampliamente simbolizada?

El “aparejo biotécnico” del médico va mucho más allá del conjunto de tecnologías que hemos desarrollado.

Para Mumford, la desvinculación de la tecnología de “cualquier modo significativo de expresión simbólica” es una tragedia moderna que comenzó a gestarse hace 5.000 años cuando nació una “monotécnica” o “megamáquina” dedicada al aumento del poder y las riquezas, mediante la organización sistemática de las actividades cotidianas siguiendo un patrón mecánico rígido:

“En este momento surgió una nueva concepción de la naturaleza del hombre y, con ella, el nuevo énfasis en la explotación de energías físicas, cósmicas y humanas, al margen de los procesos de crecimiento y reproducción, pasó a ocupar un primer plano.. La expansión del poder cobró prioridad sobre el cuidado y la mejora de la vida mediante una coacción humana implacable y una organización mecánica”

Las consecuencias sociales graves de la megamáquina son en parte compensados por logros que permiten que su crecimiento en todos ámbitos de la cultura humana siga implacable:

“La mala utilización de la megamáquina habría resultado intolerable si no hubiera aportado también beneficios genuinos a toda la comunidad, elevando el límite de la aspiración y el esfuerzo colectivos de los seres humanos”

Pero el coste global es muy alto:

“Lo que sugiero es que más tarde o más temprano debemos tener la valentía de preguntarnos: esta asociación de poder y productividad desorbitantes, con una violencia y destrucción igualmente desorbitantes ¿es meramente accidental”

Las formas antiguas de biotécnica, como la medicina clínica, están siendo suprimidas o suplantadas:

“La megamáquina se ha convertido, de un modo cada vez más compulsivo, en la condición del avance técnico y científico continuado.”

Para Mumford, estamos obligados a explicar por qué el desarrollo técnico se ha vuelto “cada vez más compulsivo y denodadamente irracional; absolutamente hostil a las manifestaciones de vida espontáneas que no pueden introducirse en la máquina”

Es necesario resistirse a la presión de la mentalidad científico-técnica, a la “metafísica centrada en las máquinas” que ha quedado obsoleta; al delirio de omnisciencia y omnipotencia que domina al ser humano y, en nuestro caso, a la medicina:

“Esta ilusión básica no se ha hecho menos irracional ahora que tiene a su disposición los recursos formidables de la ciencia exacta y de una tecnología de alta energía.. Como ocurre con la persecución del capitán Ahab de Moby Dick, los medios técnicos y científicos son totalmente racionales, pero los fines últimos son descabellados”

Para Mumford, demasiado conocimiento abstracto, sofisticado, aislado del sentimiento, de la evaluación moral, de la experiencia histórica, de la acción responsable e intencionada, puede producir un desequilibrio serio, tanto en la personalidad como en la comunidad:

“Organismos, sociedades, personas humanas no son sino recursos delicados que regulan la energía y la ponen al servicio de la vida”

En la medida en que la megamáquina médica ignore estas ideas fundamentales sobre la naturaleza de todos los organismos vivos, será realmente precientífica.

Una medicina centrada en la tecnología, dominada por la megamáquina, es irracional, “un agente dinámico de freno y retroceso”

No propone Mumford tirar a la basura siglos de avances científicos sino que:

“En lugar de que la liberación del trabajo sea la mayor contribución de la mecanización y la automatización, yo sugeriría, más bien la liberación para el trabajo, para un trabajo más educativo, que forme la mente, que sea gratificante para uno mismo, sobre una base voluntaria, la que puede llegar a ser la contribución más saludable de una tecnología centrada en la vida” (cursivas en el original)

Una medicina aliviada de la dependencia abyecta de la megamáquina quedaría entonces abierta de nuevo al hombre. La automatización de la medicina debido a una tecnología irracional debe revertirse subordinando esa tecnología a los fines humanos de la actividad:

“La autonomía, la dirección autosuficiente y la autosatisfacción son los fines propios de los organismos; y el mayor desarrollo técnico debe apuntar al restablecimiento de esta armonía vital en cada estadio del crecimiento del hombre, poniendo en juego todos los aspectos de la personalidad humana, no solamente aquellas funciones que sirven a los requisitos técnicos y científicos de la megamáquina”.

La situación actual de una medicina dominada por la megamáquina surge de una interpretación unilateral de las primeras fases de su desarrollo técnico. Es necesario que esta interpretación unilateral sea sustituida por una imagen más completa tanto de la naturaleza de la medicina como de la propia técnica, puesto que, en gran medida, han evolucionado juntas.

Origen: Filosofía de la tecnología para médicos: la “megamáquina” de Lewis Mumford (Por Abel Novoa) | OSALDE

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