Doctor, me paso a los hongos

 

Por José Ángel González.-

He tomado una decisión. Desde hace tres décadas convivo con la ingesta de drogas legalmente recetadas para tratar un síndrome ansioso depresivo. Ahora consumo cada día 45 mg de una combinación de nortriptilina y diazepam, que, sostienen los cuidadores de mi ánimo, tiene efectos como antidepresivo y ansiolítico, y 20 mg de un inhibidor selectivo de la recaptación de la serotonina –la piedra filosofal de la pax farmacéutica y su contabilidad sideral, con 20.000 millones de euros al año en consumo de fluoxetina (Prozac), prescripciones como caramelos, regalos milmillonarios a médicos-distribuidores y, según crecientes opiniones de expertos, tan útil como un placebo–.

Sé que me enfrentaré a las consecuencias del consumo de una droga de la lista de prohibidas

Según la Organización Mundial de la Salud, 350 millones de personas en el mundo padecen depresión. Para saber de qué hablamos y no imaginar gente con el alma poblada de sombras, ganas de entrar en un preescolar con un fusil o estrellar un reactor de pasajeros contra las cumbres, definamos. La depresión, dicen los manuales, es un trastorno mental común que se presenta con ánimo bajo, pérdida de interés o placer, disminución de la energía, sentimientos de culpa o poca autoestima, sueño o apetito perturbados y pobre concentración. Suelen acompañarla síntomas de ansiedad o somatizaciones –la mía es una sensación de mareo casi constante– y, en casos severos, impide que el enfermo afronte eso que se llama, desde una óptica de sabor patronal, sus “responsabilidades cotidianas”.

Puedo asegurar, desde mi particular experiencia y las de otros de mis hermanos en la cofradía de la ‘bilis negra’, que solemos ser mansos, hablamos poco, no nos hace gracia dilapidar la vida y nos nos agradan demasiado los juegos sociales. Quienes nos señalan con ánimo de marcarnos con una equis estigmatizante o nos confunden, casi siempre por ignorancia, con caraduras con ganas de quedarnos en cama olvidan que transitamos como todos por el empedrado del mundo y que, como dijo el antropólogo social E. Becker, el ser humano vive en el “ciego olvido” de que la existencia está poblada de “formas de locura, locura acordada, locura compartida, locura disfrazada y dignificada, pero locura de todos modos” porque el miedo determina el paisaje por el que nacemos condenados a sufrir. Buda dijo más o menos eso.

Nueve de cada diez enfermos dijeron que habían experimentado un despertar espiritual.

Al asunto. Más pronto que tarde voy a dejar de tomar las pastillas-mordaza y sustituirlas, como debí hacer hace mucho y retrasé porque temía estar al margen del rebaño de los sedados y que el mareo derivara hacia el vaivén del vértigo intenso, por hongos psicodélicos de la familia de los psilocibos. Antes de seguir, una nota necesaria: no existe una dosis letal documentada por efecto de la sustancia alcaloide psilocibina –se calcula que sería una cantidad estrafalaria, casi 2 kg de hongos secos para un adulto medio–. Sé que me enfrentaré a las consecuencias del consumo de una droga de la lista de sustancias prohibidas en España, aunque no lo es el consumo de hongos en sí y, en general, cada gendarme o juez interpreta la jurisprudencia. No me da miedo la alegalidad cuando se trata de mi salud. Prefiero moverme en tierra pantanosa que alcanzar el estado de zombi cerebral, el destino que me aguarda con mi cóctel químico.

Desde hace años, pero con especial vigor en los últimos, hay médicos valientes que se revelan contra la invasión económica de las farmacéuticas en la psiquiatría y la medicina académica y las terribles consecuencias del asunto para los enfermos. Un estudio recién publicado en el Journal of Psychopharmacology de Canadá y firmado por una decena de científicos, entre ellos varios candidatos al Nobel, confirma los resultados de una prueba experimental con 51 enfermos de cáncer terminal con profundos síndromes ansioso-depresivos. Una sola dosis de psilocibina –entre 22 y 30 mg para 70 kg de peso corporal– redujo en un 80% el sufrimiento psicológico de los pacientes durante nada menos que hasta ocho meses.

Lo más extraordinario no es, al menos para mí, la curación con un producto natural que se puede cultivar en casa, sino cómo explicaron los enfermos el efecto del hongo. Nueve de cada diez dijeron que habían experimentado un despertar espiritual, un camino personal hacia la paz. Ya sabe, doctor, puede dejar de ser expendedor de recetas conmigo: me paso a los hongos.

 

Origen: Doctor, me paso a los hongos

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