Así están saqueando las farmacéuticas las arcas públicas de EEUU

En agosto de 2015, Turing Pharmaceuticals y el que era entonces su consejero delegado, Martin Shkreli, adquirieron un medicamento conocido como Daraprim y, de inmediato, subieron su precio más del 5.000%. Sólo unos días después, se pusieron en contacto con PSI, una ONG que se encarga de ayudar a los más desfavorecidos a pagar los medicamentos más caros. Turing se ofrecía a crear un fondo millonario destinado a tratar la toxoplasmosis, la infección parasitaria que suele tratarse… con el Daraprim. ¿Por qué?

¿Mala conciencia? En absoluto. ¿Relaciones públicas? Ayuda, pero para eso está la publicidad y las acciones de RSC. ¿Motivos fiscales? Las donaciones desgravan, desde luego, pero no tanto como para justificar deshacerse sin más de millones de dólares de los accionistas. ¿Rentabilidad? Bingo.

El truco que Turing y otras farmacéuticas están utilizando se basa, simple y llanamente, en exprimir al erario público aprovechándose del funcionamiento del sistema Medicare, y explica a la perfección las recientes y asombrosas subidas de precio de algunos medicamentos en el primer país desarrollado.

Para entender el mecanismo hay que tener en cuenta que en EEUU no existe la sanidad pública. Quien quiere tener cobertura ha de pagarla, normalmente a través de seguros médicos que multiplican varias veces el coste por paciente de los sistemas públicos de Europa occidental como el español (en términos per cápita roza los 9.000 dólares al año, y es el doble que en países como Francia).

Las clases más bajas dependen únicamente de sus propios medios y de la asistencia de ONGs y otras fundaciones privadas, que se alimentan de donaciones. Desde las recientes reformas del programa Medicare, los pobres y estas organizaciones lo tienen un poco más fácil gracias al sistema público: el paciente paga una cantidad, la organización sin ánimo de lucro otra y el resto lo pagan todos los contribuyentes a través de Medicare.

Cero innovación

Turing, que fue fundada en febrero de 2015 y que no ha desarrollado ningún medicamento, sino que se ha limitado a adquirirlos en el mercado de patentes, subió el pasado mes de septiembre el precio del Daraprim de 13,5 dólares a 750 dólares por tableta para aprovecharse de ese sistema de topes (en España, por cierto, 30 comprimidos de Daraprim cuestan menos de 5 euros).

Tras el tarifazo, un paciente sin seguro médico bajo la protección de Medicare (nada menos que 40 millones de estadounidenses están en esa situación) y que necesite un tratamiento básico de seis semanas de duración tendrá que disponer de 3.000 dólares para comenzar con él. No es tanto si se tiene en cuenta que el coste total de esa ronda de medicación ascenderá a 90.000 dólares. La diferencia entre ambas cantidades la paga el Estado.

Y para que el sistema funcione, hacen falta las donaciones. Gracias a ellas, Turing consigue que las organizaciones creen programas de tratamiento con sus fármacos, condición indispensable para activar el timo al Medicare.

Las fundaciones, conscientes de cómo funciona el sistema, se ven obligadas a elegir entre renunciar a tratar a las personas más desfavorecidas y a donaciones millonarias imprescindibles para llevar a cabo su labor altruista, o entrar en cambio en el juego de las farmacéuticas y velar por la salud de las personas desprotegidas antes que por la de las finanzas públicas.

Para Turing y compañía, el negocio es redondo. Con cada ‘donación’ (en realidad es una inversión pura y dura) a una ONG de unos pocos millones de dólares, se obtienen a cambio decenas de millones en ingresos normales por venta de medicamentos (pagados por Medicare), se retiene la cuota de mercado que se perdería por culpa de la subida y, para colmo, otros centenares de miles de dólares vuelven a caja gracias a la desgravación fiscal.

La búsqueda de rentabilidad a costa del erario público no sólo contradice abiertamente los argumentos de una industria que se ha opuesto sistemáticamente a la intervención estatal asegurando que iría en contra de los contribuyentes, sino que hay quien da un paso más y sugiere que el plan, siendo rentable, podría tener un objetivo final más ambicioso.

Así lo asegura la doctora Adriane Fugh-Berman, que desde hace tres décadas documenta las prácticas de la industria farmacéutica en EEUU y que enseña farmacología en la prestigiosa universidad de Georgetown: Subir los precios y hacer donaciones al mismo tiempo “es perfecto para las compañías porque les permite decir que están ayudando a los pacientes (más débiles) para que no se queden sin su medicación. Mientras, están llevando al sistema de salud a la bancarrota”.

 

Origen: Así están saqueando las farmacéuticas las arcas públicas de EEUU – elEconomista.es

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