Un Estado apostador

Por: Rudolf Hommes

Son riesgos que puede asumir el Estado con plena convicción, pues esto es indispensable si se piensa en fomentar y diversificar la producción y las exportaciones.

Una estrella que comienza a brillar en el mundo de la economía en Europa, al lado de Thomas Piketty, es Mariana Mazzucato, autora del libro The Entrepreneurial State, Anthem Press, 2014, a quien el Financial Times del pasado 16 de agosto le dedicó la pieza central de esa edición. Tal como anuncia el subtítulo del libro, en él derrumba en forma sorprendente mitos de los sectores público y privado. Por ejemplo, revela que todo lo que hace que el iPhone de Apple sea atractivo e inteligente fue desarrollado por el Gobierno (por ejemplo, el sistema de geoposicionamiento GPS, la pantalla interactiva, el reconocimiento de voz, el internet, la magnetorresistencia gigante, los semiconductores y la química de estado sólido.

El sector privado se ha apoyado en los desarrollos del Estado, ignorando a renglón seguido que es el que ha tomado los riesgos más radicales y más costosos, los que provienen de incertidumbre no conocida o no medible. Añadiéndole insulto a la injuria, se atribuye esa audacia y se apropia de su beneficio social. No satisfecho con eso, también pretende que lo exoneren de pagar impuestos.

Las apuestas que han hecho los Estados en la promoción y financiación de desarrollos tecnológicos, como los que se han mencionado (o el ferrocarril, siglos atrás, la aviación, la biotecnología, la farmacéutica, los computadores y la energía nuclear, entre otros), no las podrían haber hecho empresas privadas. Las grandes innovaciones exigen paciencia y tiempo, de los que carecen las organizaciones privadas, que se enfocan en el corto plazo.

Como la innovación genera más frecuentemente fracasos que éxitos, Mazzucato dice que hay que tener algo de locura para meterse a innovar. Steve Jobs hablaba de que “los innovadores deben permanecer hambrientos y (ALGO) estúpidos (foolish), sin admitir que esa hambre y esa estupidez la poseen los Estados, valerosos emprendedores en cuyos hombros se paran las grandes compañías privadas de tecnología, los venture capitalists, las empresas farmacéuticas y los emprendedores de sitios como Silicon Valley. Esto ha generado inmensos beneficios para ellos, que tendrían que haber sido mejor distribuidos. No se pensó a tiempo en evitar que la asunción del riesgo extremo se socialice totalmente y los réditos se privaticen exclusivamente.

Mazzucato ha rescatado la idea de que el Estado desempeña un papel central en la economía del conocimiento, asumiendo riesgos que nadie más pudiera haber tomado, generando innovaciones bioquímicas, farmacéuticas, informáticas, culturales y tecnológicas que han sido valiosas contribuciones al crecimiento en los países en los que el Estado ha asumido ese rol.

Para Colombia, esta discusión es absolutamente pertinente. Se podría pensar en la creación de centros sectoriales de desarrollo y asistencia tecnológica, investigación agrícola en generación de nuevas variedades y cultivos; el diseño y aplicación experimental de métodos de cultivo, la extensión agropecuaria, las inversiones de lenta recuperación, como la construcción de distritos de riego y de vías como la carretera entre Puerto Gaitán y Puerto Carreño, que abren posibilidades de aumentar el área cultivable y la producción agrícola nacional.

Son riesgos que puede asumir el Estado con plena convicción, sin tenerle miedo a hacer apuestas y a “escoger ganadores”, porque esto es indispensable si se piensa en fomentar y diversificar la producción y las exportaciones. Mazzucato habla con mucho entusiasmo de los bancos de desarrollo como vehículos para promover innovación. Se puede pensar en ello con precaución, aislándolos de la politiquería y de los caprichos del alto Gobierno.

Origen: Un Estado apostador – Rudolf Hommes – Columnista EL TIEMPO – Columnistas – ELTIEMPO.COM

Deja un comentario