Un lugar para otra medicina

Delfina Torres Cabreros/Página12.- En la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA), egresados y estudiantes avanzados dictan un taller que intenta mostrar los fundamentos científicos de medicinas tradicionales y modelos alternativos de relación entre médicos y pacientes.

Sobre una larga mesa cubierta por dos ponchos tejidos y una bandera wiphala, un grupo de chicos dispone botellas con líquidos de colores, limones, ajo; frascos con manzanilla, cola de caballo, pasionaria, jarilla, hinojo y decenas de otras plantas disecadas. Infusiones vaporosas y una ollita que derrite cera de abeja sobre un anafe inundan el espacio de aromas y aportan calidez al hall de un edificio añejo que deja entrar la ventisca helada de julio a través de sus puertas de hierro. En la Facultad de Medicina (UBA), estudiantes y curiosos se acercan al taller de medicina tradicional Ñaupa ñaupa, que desde hace cuatro años dicta un grupo de estudiantes avanzados y graduados de medicina, enfermería, farmacia y antropología. Allí hacen confluir sus saberes diversos con la intención de recuperar la ciencia de pueblos originarios y darles un espacio en la facultad que más médicos forma en el país.

Emiliano Molina creció sanándose con tinturas, cataplasmas e infusiones que su madre, curandera, preparaba con plantas de la región. Cuando fue grande y quiso seguir practicando y compartiendo los saberes heredados de antiguas generaciones, su madre le dijo que para dedicarse a eso y ser tomado en serio tenía que ser médico. Así fue cómo Molina comenzó su carrera en la UBA y hoy sólo le faltan algunos finales para recibir su título. “Toda la carrera fue ir comparando o ir creciendo a la par, ir traduciendo de una medicina a la otra, ir llevando el conocimiento de un lado al otro”, contó a Página/12. Cuando la agrupación en la que milita (29 de Mayo) le dio respaldo, Molina decidió sacar a la luz sus saberes ancestrales bajo la forma de un taller. “Primero con mucho miedo, con mucha timidez. ¿Qué va a pasar?, ¿cómo van a reaccionar los estudiantes?, ¿vendrán?, ¿les interesa?, me preguntaba. Aunque hoy en día mucha gente utiliza las medicinas tradicionales, hay muchos prejuicios, mucho de creer o no.”

La convocatoria fue creciendo a lo largo de los cuatro años de encuentros mensuales y en la última reunión, realizada el 10 de julio, los asistentes colmaron lo ancho del hall de entrada de la facultad, frente al aula magna. En la mesa de trabajo improvisada en el espacio común en el que la agrupación concentra habitualmente su militancia, Molina y otros compañeros enumeraron las propiedades de algunas plantas medicinales del país y abundaron en el porqué científico, hilvanado explicaciones sobre neurotransmisores y membranas, citando papers e investigaciones de vanguardia. “No se trata de creer o no –agregó Rodrigo Bazzi, otro estudiante de Medicina que es parte del taller–. El prejuicio viene de desconocer que muchos de los medicamentos que nos receta el médico derivan de las plantas.”

Los talleristas aseguran que la mayor contradicción con la “medicina occidental” no tiene que ver con los fundamentos técnicos, sino con la relación médico-paciente, cada vez más acotada a la detección mecánica del síntoma y la receta de alguna droga industrial que logre aplacarlo de inmediato. “En la ayurveda (medicina tradicional india) lo último que te preguntan es por qué viniste, qué te duele. Te preguntan de tu familia, tus vínculos con la sociedad, qué es lo que te pasa, a qué te dedicás, cuáles son tus intereses”, explicó Molina. “Acá en la facultad pretenden que la medicina sea una ciencia exacta, y no lo es. Tiene herramientas exactas, pero nunca deja de ser una ciencia social, porque estamos hablando de personas; personas atravesadas por un sistema que las explota trabajando”, agregó Molina. “La medicina hoy en día se dedica a arreglar trabajadores para que vuelvan al sistema y sigan produciendo.”

“Sería tonto creer que tenemos que descartar la medicina occidental, porque la cosmovisión y la forma de vida que tenía la gente de los pueblos originarios es totalmente diferente a la que tenemos nosotros hoy y yo te puedo decir que si te sentís mal te tomes un té de manzanilla, pero sé que si te tomás un Ibupirac el dolor se te va a ir ya. La medicina tradicional tiene otros tiempos y vos tal vez tenés que ir al trabajo sí o sí porque, si no, te echan”, se encargó de aclarar Bazzi, sin dejar de insistir en no perder de vista los efectos adversos de los medicamentos que tomamos a diario y estar alerta a la carrera de los grandes laboratorios farmacéuticos por encontrar patologías en todos los estados humanos y vender curas para cada uno de ellos.

Los organizadores del Ñaupa ñaupa están en plan de editar un material que reunirá no sólo las recetas compartidas en el taller y lo expuesto por sus organizadores, sino también las experiencias que los participantes fueron aportando a lo largo de los encuentros. Por otro lado, la intención es lograr próximamente algún grado de reconocimiento institucional y que el taller pueda tomar la forma de una cátedra libre o, al menos, disponer de un aula para su dictado.

Prontos a obtener su título de médicos, los organizadores del taller reflexionaron sobre su futuro desempeño profesional e insistieron en la viabilidad de conciliar las dos cosmovisiones. “La lección que nosotros queremos llevar es que el médico esté formado tanto desde lo científico como de lo tradicional, que también es ciencia, otra forma de hacer ciencia”, resumió Molina. “A mí me interesa mucho poder darle opciones a la persona que se acerca a mí como médico, o a la que yo me acerco –agregó Bazzi–. Me parece necesario decirle ‘podés tomarte este té o esta pastillita’, pero darle el conocimiento y que esa persona haga lo que sienta, quiera y le parezca necesario.”

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