Grecia: Un jubilado ha puesto en marcha unas 60 farmacias sociales

Dimitris Souliotis, en la farmacia social que montó y coordina en...

elmundo.es.- Hace sólo unos días el señor Manesis, un jubilado griego, llegó a rastras, desfallecido y casi sin aliento hasta el número 31 de la calle Elispondou, en un barrio residencial a las afueras de Atenas. “No sé lo que me ocurre. He perdido cuatro kilos y medio en sólo dos meses”, se lamentó después de sentarse en una silla, beberse un vaso de agua y recuperar un poco las fuerzas. “He ido al hospital público y allí me han dicho que las pruebas que me tendrían que hacer para averiguar lo que me ocurre son muy costosas y que me las tengo que pagar de mi bolsillo. Pero no tengo dinero, mi pensión es muy modesta”.

Cáncer. Un cáncer de pulmón muy agresivo y ampliamente extendido. Eso es lo que tenía el señor Manesis.

En el número 31 de la calle Elispondou están por desgracia habituados a casos como el suyo. Aquí se encuentra una de las alrededor de 60 farmacias sociales que en los últimos años han surgido por toda Grecia para tratar de paliar el grave deterioro que sufre la sanidad pública y para dar asistencia a los tres millones de personas, tres millones, que en un país de casi 11 millones de ciudadanos no tiene derecho a recibir tratamientos médicos ni medicinas por parte de la Seguridad Social. Y aquellos que sí que tienen derecho a la sanidad pública ven como los fondos menguan de día en día, como el personal que se jubila no es reemplazado, como cada vez es más abultada la lista de medicamentos que no cubre la Seguridad Social y como las listas de espera se hacen casi eternas.

Desempleados, indigentes, jubilados…

“Aquí atendemos desde desempleados hasta indigentes, pasando por jubilados y empresarios que han visto como la crisis llevaba a la quiebra a sus compañías y lo han perdido todo, incluido el derecho a la sanidad pública”, nos explica Dimitris Souliotis, un operador de radio de 77 años que ha dado la vuelta al mundo trabajando en naves mercantiles, que lleva tiempo jubilado y que en 2012, junto con un grupo de vecinos del barrio y viendo los estragos de la crisis, decidió poner en marcha esta estructura.

Aquí cuentan con más de un centenar de médicos de todas las especialidades que cuando acaban de pasar consulta en sus estudios privados se dedican a atender a los desheredados. Aquí tienen acuerdos con cuatro centros de diagnóstico que realizan análisis de sangre, radiografías y demás pruebas sin costo alguno para la gente que no las puede pagar. Y aquí se dispensan medicamentos gratis, procedentes de las donaciones que unas 40 farmacias de la región realizan.

“En nuestros hospitales muchas veces faltan algunas medicinas que son de primera necesidad. Hay vacunas que, por ejemplo, que escasean”, nos cuenta Dimitris Souliotis, que no duda en describir la situación como “absolutamente dramática”.

“Yo tengo el colesterol muy alto y necesito una pastillas que cuestan 15 euros. Y 15 euros en mi casa son una fortuna, la diferencia entre comer dos días o no comer. Yo era dependienta en una tienda y llevo tres años en paro. Mi marido trabajaba en una empresa de reformas y también está sin empleo. Tenemos tres hijos”, explica Viki Karagiorgios, de 50 años mal llevados, mientras hace cola para que la atiendan agarrada a un bolso de piel que un día debió de ser marrón y que está tan manoseado que ha adquirido el aspecto de un trozo de piel de foca. Ella es una de las aproximadamente 20 personas que a diario, en las solo tres horas en que abre esta farmacia social, acuden aquí desesperadas en busca de un médico o de fármaco. Porque en los dos años que lleva abierta esta estructura por aquí han pasado en total 8.800 personas. Una cifra detrás de la cual se esconden 8.800 caras, 8.800 dramas.

Sin donaciones económicas

Alrededor de 30 voluntarios arriman aquí el hombro y, de manera absolutamente desinteresada, ayudan a los que no tienen derecho a enfermar e incluso ponen cada uno de ellos un poco dinero para los gastos de mantenimiento de esta estructura. Ése es el único dinero que entra aquí, un lugar donde no se aceptan donaciones económicas sino sólo en tiempo, servicios médicos o medicamentos.

“Pero no se confunda: no somos buenos samaritanos, aquí no hacemos caridad. Somos un grupo de lucha política que combate la austeridad y las políticas deshumanas que nos han impuesto”, sentencia Souliotis, quien como la inmensa mayoría de sus compañeros el domingo votó ‘no’ en el referéndum celebrado en Grecia.

Souliotis y su pequeño ejército de voluntarios no se limitan a desviar a los enfermos a la consulta de alguno de los 105 médicos con que cuentan o a darles de manera gratuita las medicinas que necesitan. Además, esta gente se deja la piel batallando contra lo que consideran injusticias clamorosas. Cuando hace un año se enteraron, por ejemplo, de que el hospital público Eginizio había decidió por falta de medios dejar a los enfermos mentales indigentes sin los psicofármacos que les suministraba, la liaron. Pusieron en marcha una campaña de denuncia y lograron que se los volvieran a dar. Y también han conseguido que al señor Manesis, nuestro viejecito con cáncer de pulmón, la sanidad pública le hiciera las pruebas necesarias y se ocupara de él.

“El ministro de Salud aseguraba recientemente que las farmacias sociales se han convertido en uno de los pilares de la sanidad pública griega. Pero nosotros no queremos eso, nosotros aspiramos a desaparecer, a recuperar un sistema sanitario público como el que teníamos que haga que no seamos necesarias”, sostiene. “Sin embargo, al paso que vamos es imposible que eso ocurra. No sólo la crisis es más profunda, no sólo tenemos ya un millón y medio de personas en paro, sino que cada vez las patologías con las que nos viene la gente son más graves, porque cinco años de miseria y estrecheces tienen un impacto importante en la salud”.

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