Escribir como terapia

Escribir como terapia

Por Helena Restrepo.

Desde la infancia empecé a escribir mis historias en los diarios que nos regalaban a las niñas en las primeras comuniones. Con el tiempo, escribir se convirtió en una necesidad primaria de explicarme el mundo y su acontecer. Accidentalmente en la adolescencia mis escritos fueron leídos por otros que valoraron su contenido y me motivaron a guardarlos, solo por el placer ocasional de compartirlos o releerlos.

Estudié medicina y pude observar el origen emocional de muchas enfermedades, la acción terapéutica de los medicamentos se quedaba corta por no poder llegar a ese origen intangible y tan difícil de abordar. Encontré luego en la medicina alternativa la conexión teórico práctica que conectaba la emoción con la enfermedad y su manera de abordarla. Con una comprensión más íntegra usa los medicamentos, información y algunos toques terapéuticos para hacer un trabajo más profundo. Sin embargo, la sola información sobre un tema tan descuidado por la educación, la religión y la ciencia, como lo es el conocimiento de las emociones, su bioquímica, sus efectos, su adecuado manejo, fueron suficientes en muchos casos para ayudar a otros a resolver su caos interior.

De la mano de la medicina alternativa participé en “caravanas de sanación” en las que además de hacer un abordaje individual de los casos particulares con grupos de personas dispuestas a escuchar, comprender y abrazar, se hacía un trabajo de educación en la autogestión de la salud, muy enfocado a aprender a descifrar ese mundo supuestamente inmaterial de las emociones.

Después de muchos años de haber guardado mis escritos, terminé por azar de la vida publicando un libro con ellos que me ha maravillado, no por el hecho de publicar, sino por los efectos de su lectura en los otros, especialmente en las otras. La posibilidad de estos textos de ser espejos de las emociones de muchas otras mujeres que podían reconocerse a sí mismas en ellos y sentirse más bonitas, menos solas, hizo que comprendiera el valor terapéutico de escribir, para uno mismo e incluso para otros. Por la mismas casualidades que generó este libro, pude viajar a México a participar de un evento precioso de mujeres poetas que van por los pueblos de Oaxaca llevando su poesía a las escuelas y motivando a las nuevas generaciones hacia la lectura, “El encuentro de Mujeres Poetas en el País de las Nubes”. Allí me pude ver haciendo caravanas de sanación con poesía y fue muy emocionante ver niñas de once años con lágrimas en los ojos porque se reconocían a sí mismas en nosotras, las poetas, y porque al fin encontraban en nuestro espejo una manera de encauzar lo que las agobiaba, ese mundo de emociones que forman cuellos de botella dentro de todos cuando no sabemos qué hacer con ellas.

La emoción es un caudal que requiere un canal para ser expresada, liberada, de lo contrario reverbera dentro del organismo y se vuelve una toxina que produce cambios desde lo micro hasta lo macro. Las emociones son normales y no por reprimirlas dejan de existir, aprendemos a reprimirlas para hacer más fácil la convivencia con los otros, pero la represión es como estancar una corriente de agua, terminará por desbordarse y producir daños más grandes, sea en las relaciones o en el propio cuerpo. Los efectos de las emociones están mediados por el sistema nervioso autónomo, es decir no controlamos sus efectos, pueden producir por ejemplo vasoconstricción, eso es una cosa que el cuerpo tolera bien si es pasajera, pero que si se sostiene en el tiempo somete a un estrés permanente que disminuye el aporte de oxígeno y nutrientes a un órgano determinado o a muchos, por esto las emociones han de ser y pasar, para que el cuerpo pueda hacer la pausa y volver a oxigenar y nutrirlo todo.

Algo tan sencillo y al alcance de casi todos como escribir es una hermosa manera de liberar, de dar cauce, de hacer medicina preventiva y de sanar.

 

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