Uruguay: Morfina para todos

morfinaEn Uruguay se deja morir con dolor a los pacientes terminales. No es por falta plata ni de medicamentos, es un tema médico y cultural; los pacientes sufren cuando sería fácil calmarles el dolor con morfina, los familiares sufren porque no se repara en quienes acompañan al enfermo.

Por: Joel Rosenberg

Cada año en Uruguay unos 16.000 adultos y 1.500 niños con enfermedades terminales requieren cuidados paliativos. Sin embargo, el 82% de esos pacientes adultos y el 97% de los niños no recibieron asistencia adecuada en sus últimos días de vida. Reitero lo último porque quizá en porcentaje se enfría el dato: en nuestro país no se le brinda los cuidados paliativos necesarios a los niños que mueren, se los deja morir con dolor.

Todos estos son datos del Programa Nacional de Cuidados Paliativos del Ministerio de Salud. Y uno de los datos claves es el uso de morfina, un analgésico a disposición de los médicos.

El consumo de morfina es uno de los indicadores que se utilizan a nivel mundial para medir la calidad de la asistencia en los pacientes terminales. Los números en Uruguay son reveladores: en 2011 en Uruguay los pacientes con cáncer terminal recibieron 9,5 miligramos por día de morfina en los últimos 90 días de vida cuando la Organización Mundial de la Salud recomienda administrar 60 miligramos por día.

Gabriela Píriz dijo a No toquen nada que en Uruguay se usan dosis muy bajas de morfina y que este es un indicador de que no se está tratando adecuadamente el dolor en las etapas terminales de la vida. Agregó que el analgésico está disponible en nuestro país pero los médicos no saben recetarla.

“La Facultad de Medicina no tiene hasta el momento planes de estudio que incluyan los cuidados paliativos en forma oficial y todos los que hemos aprendido algo de morfina lo hemos aprendido luego de muchos años de recibidos. Yo confieso que luego de 13 años de recibido, siendo ya docente de medicina interna, aprendí lo que eran los cuidados paliativos y el consumo de la morfina. Si miro para atrás, digo: ¿cuántos pacientes habré tratado mal? Por supuesto que sin querer y sin saber, en la más absoluta ignorancia, pero los traté mal”.

Píriz agregó que el año pasado se realizó una encuesta a 426 médicos y el 60% desconocía los efectos secundarios del medicamento.

La morfina es un analgésico que se da ante dolores muy fuertes, no hay trabas burocráticas.

La morfina se usa en infartos, en todos los siniestros con politraumatizados, en cirugías extensas.

Increíblemente aún hoy en pacientes con cáncer algunos médicos ponen reparos.

“La morfina es un analgésico como la aspirina. Nadie se cuestiona cuando indica una aspirina, nadie se cuestiona cuando indica un ibuprofeno. No entiendo el cuestionamiento por la morfina. Está lleno de mitos, de falsas creencias”, señaló Píriz.

Además, Píriz dio un mensaje claro:

“El dolor se controla en el 95% de los casos seguro, y se controla de acuerdo a estudios que hemos hecho incluso en el Maciel, en 24 horas. 24 horas, y a veces vemos pacientes que hace seis u ocho meses vienen muertos de dolor, sufriendo, no durmiendo, porque el dolor determina insomnio, no tenés ganas de comer, no tenés ganas de hablar con nadie, te aislás, depresión. Todo eso se revierte una vez que controlás el dolor. Es fundamental porque es el primer paso para mejorar la calidad de vida de los pacientes con cáncer sobre todo”, afirmó.

Durante los dos últimos años en los medios se demonizó el analgésico. El caso de los enfermeros procesados por homicidio confundió a la gente. Los enfermeros nunca mataron con morfina a nadie, no hay una sola prueba de eso. Pero aunque hubieran matado con morfina, la irresponsabilidad de culpar al analgésico es brutal y tiene consecuencias graves.

Este tema no requiere presupuesto ni tiene ideología. Deberíamos entender que no sufrir dolor innecesario es un derecho básico. Deberíamos reclamarlo a los gritos.

Ojalá el plan nacional de cuidados paliativos pueda dar al menos ese enorme beneficio de no sentir dolor, un paso básico en la calidad de vida de pacientes y familiares; un derecho necesario para cualquier humano que no entienda el dolor como un castigo o un mensaje divino.