Medicamentos con precios mortales

Por: Andrés Molina Araújo

Por azares de la genética, mi cuerpo tiene una tendencia natural a la hiperlipidemia, es decir, a presentar elevados niveles de lípidos (colesterol y triglicéridos) en la sangre. Además de las recomendaciones tradicionales de hacer ejercicio y llevar una dieta balanceada y baja en grasas, mi médico tratante me ha recetado el uso de estatinas, consideradas hasta el momento por la literatura especializada como el mejor tratamiento farmacológico para reducir el riesgo cardiovascular derivado de la hiperlipidemia.

Por lo anterior, me he visto en la obligación de comprar el medicamento de manera regular. Mi primer desconcierto fue su elevado precio. Una caja de 14 tabletas que solo me alcanza para igual número de días supera los ciento cincuenta mil pesos y requiero dos cajas al mes. Amigos que padecen el mismo desajuste metabólico que yo me recomendaron ‘importarla’ de Venezuela, país en donde el precio de la droga es cuarenta por ciento inferior al precio de Colombia. Extrañado ante la absurda situación de que la misma droga producida por el mismo laboratorio, empacada en la misma caja, tuviera una diferencia de precio tan abismal en los dos países, me di a la tarea de investigar el costo de la misma en otros países, y vaya sorpresa que me llevé. En Ecuador, la misma droga cuesta alrededor de 45 mil pesos colombianos, es decir, 300% menos que en Colombia. En Perú, el costo es inferior en un 30% aproximadamente.

En este sentido, el ejemplo anterior es una buena muestra de lo inequitativo del modelo de precios de medicamentos que tiene nuestro sistema de salud, que favorece sus altos precios y, por ende, la utilidad de las multinacionales farmacéuticas, sin tener en cuenta el poder adquisitivo del trabajador colombiano. Para una persona que gane el salario mínimo y que tenga el infortunio de ser recetado con este tipo de drogas, prácticamente gran parte de su ingreso se esfumaría en la adquisición del medicamento.

Al consultar la opinión de médicos y conocedores del sistema de salud, llegué a la conclusión que el elevado costo de los medicamentos en Colombia obedece a dos razones fundamentales: de una parte, a la falta de un adecuado sistema de regulación de precios por parte del Estado, que le permita tener instrumentos eficaces para intervenir en el mercado farmacéutico atendiendo a criterios tales como impacto y extensión de la enfermedad a tratar y necesidad del medicamento, tamaño de la población afectada, posibilidad de ser reemplazado por genéricos, entre otros factores.

De otra, la vergonzosa falta de control del Ministerio, Superintendencia e Invima del régimen de precios. En efecto, aquí no se controlan siquiera las diferencias de precio tan grandes que pueden existir entre las medicinas provistas en las droguerías de barrio o incluso en las de los almacenes de cadena, que llegan a variar sus precios de una ciudad a otra.

No hace muchos años, Brasil metió en cintura a las grandes multinacionales farmacéuticas cuando anunció la decisión de eliminar la patente de los retrovirales empleados para el tratamiento del sida. En dicha ocasión el gobierno brasileño les dijo tajantemente a estas: o bajan los precios o eliminamos la vigencia de la patente y permito que los laboratorios locales produzcan libremente la droga requerida para paliar con los síntomas de la enfermedad.

Ni cortas ni perezosas, las farmacéuticas bajaron sustancialmente sus precios para evitar el mal mayor de perder la patente. En Colombia, país permisivo y genuflexo ante las grandes corporaciones extranjeras, faltará mucho tiempo para que un gobierno se amarre los pantalones y logre meter también en cintura a los laboratorios cuyos medicamentos tienen precios prohibitivos que aseguran la muerte.